domingo, 5 de setiembre de 2004

Probabilidad vs. credibilidad

Este domingo 5 de septiembre, la Asociación Civil “Súmate” (algo así como lo que fuera el Movimiento “Libertad” en el Perú, a fines de los 80) dio a conocer unos avances de su investigación en torno a lo que sucedió en el Referéndum Revocatorio del pasado 15 de agosto en Venezuela. El multidisciplinario equipo al frente de esta tarea, cuenta entre sus filas a dos destacados profesionales: Ricardo Haussman y Roberto Rigobón, de la Universidad de Harvard y del Massachusetts Institute of Technology (MIT), respectivamente.

Precisamente, el primero de ellos expuso en rueda de prensa hacia donde se encamina la investigación del supuesto fraude cometido. Palabras más, palabras menos, Haussman señaló que existe un 99% de probabilidad de que se haya cometido un fraude y un 1% de probabilidad de que las inconsistencias numéricas hayan sido producto de la casualidad.

Inclusive van más allá: “se abre la posibilidad de que se hayan alterado los resultados sólo en una parte de los 4.580 centros automatizados, digamos 3.000, y que la auditoría posterior fue exitosa porque el programa del Consejo Nacional Electoral dirigió la búsqueda de la muestra a los 1.580 centros no alterados”.

Más allá de la terminología estadística, técnica, o de lo matemática y terrenalmente posible, creemos que más que discutir de probabilidad, lo más importante para las sociedades latinoamericanas (porque esto no es exclusivo de la venezolana) es la importancia de la credibilidad en sus instituciones y en los actores políticos de turno. Cuando se pone en tela de juicio el accionar de quienes han sido investidos de poder, poco o nada pueden hacer hasta que la confianza se haya recuperado.

¿Es esa pérdida de confianza, de credibilidad, culpa de unos numeritos? ¿Es que cualquier grupo de la sociedad puede empujar a la cuerda floja a un gobierno, con sólo divulgar un estudio, encuesta o proyección? ¿Es tan manipulable lo que piensa una sociedad?

Desde nuestro punto de vista, no. De hecho, cuando se divulga un estudio con resultados que parecen una Miss de belleza -por lo maquillados-, el ciudadano que lo escucha o se echa a reír, o piensa en voz alta “se volvieron locos”. Claro está que en nuestras sociedades –lastimosamente- hay sectores faltos de educación, faltos de atención, faltos de figuración, a los que se les trata de vender “espejitos” de esa vitrina hecha a la medida. ¿Para qué? Suponemos que será por eso de una mentira dicha mil veces…

El ejercicio del poder reside en muchos aspectos, y entre ellos se encuentra el asegurarle a la población la existencia de condiciones básicas para su bienestar (bien común), pero también la estabilidad política y la idoneidad de quienes están al frente de los poderes públicos. A tres semanas de la realización del Referéndum Revocatorio en Venezuela, llama la atención que ante un entorno de duda, de esa que llaman “razonable”, muchos prefieran jugar el “a ver, qué pasa”, que trabajar porque prevalezca la verdad, sea cual fuere.

Todavía se percibe, se respira y transpira en la sociedad venezolana el deseo de que definitivamente se conozca qué sucedió en el Referéndum. La gente no quiere que esa verdad salga de la boca de un funcionario público, ni por la de un recalcitrante opositor, mucho menos de organismos internacionales, sino que salga de la misma sociedad, de alguno de sus miembros, sin títulos, rangos, grados o cargos. La gente no quiere saber qué probabilidad hay de que algo sea verdad, quiere credibilidad en sus instituciones.

Por ser época de vacaciones escolares, muchos están descansando, están fuera de la ciudad o hasta fuera del país. Pero en medio de ese ambiente de relativa somnolencia se escucha un grito mudo, ahogado… es la verdad que grita por despertar. Mucho cuidado si se despierta malhumorada.

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