martes, 13 de marzo de 2007

La verdad de los embusteros

Nunca fue casualidad. Desde el mismo instante en el que se conoció que el presidente de los Estados Unidos de América, el mismísimo imperialista en persona, haría una gira por algunos países de Latinoamérica, el “líder” de eso tan etéreo que es el “socialismo del siglo XXI” ordenó a sus súbditos urbi et orbi que le prepararan su propia contragira revolucionaria antiimperialista.

Justificación real, valedera, razonable, para el paseo de Chávez no la hay. Por más esfuerzo que haga su “ministro por el poder popular para la comunicación e información” en hablar “bonito”, de corrido, en sonar creíble, de utilizar los términos bobos de costumbre (manipulación mediática, “magnicidio moral y político”, etc.) la realidad es otra bofetada más que indigna a los venezolanos; aunque no a todos. Tristemente, aquí y en otras partes de Latinoamérica, es evidente que existe una corte de individuos disminuidos por su propia mediocridad que se limita a aceptar el ataque a los demás como una forma de hacer catarsis de su condición.

Factores comunes en los países que visitó Bush, fueron la diplomacia y lo estrictamente necesario; lo cual dio sus frutos políticos –y posiblemente económicos- tanto para el visitante, como para el visitado. Factor común donde fue Chávez fueron la improvisación, la bajeza, el insulto y el sentimiento general de inutilidad.


La verdad siempre es arrolladora, venga de donde venga, y como venga. Hace algunos días el economista Francisco Sercovich, ex jefe de investigaciones de la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (ONUDI), escribió un artículo aplastante: “Las verdaderas claves del desarrollo”. Irónicamente fue publicado por El Clarín, en la Argentina de Kirchner, en la Argentina que cobijó “más de 50.000 almas” -en un estadio en el que caben veinte mil-, en la Argentina cuyo gobierno se mantiene financieramente gracias a la ubre petrolera de Venezuela.

En su artículo, Sercovich afirma que “tan sólo muy recientemente la Economía comenzó a reconciliarse con la idea de que el principal activo de un país es su dotación de capacidades sociales e institucionales, y que ese activo determina en gran medida la efectividad e impacto de las políticas gubernamentales y de los sistemas de incentivos sobre variables tales como ahorro e inversión, el desarrollo del sector privado y el crecimiento de la productividad”.

Es decir, “la capacidad de absorción y uso de conocimientos de un país, junto a otros factores tales como los relativos a la apertura de la economía, la eficacia del sistema financiero y la calidad de las instituciones, son clave para achicar las brechas del desarrollo”. Obviamente, las políticas públicas cumplen un papel promotor; pero no la política y mucho menos la politiquería.


Kirchner -aunque lo permitió- tomó distancia del show montado en Buenos Aires. Morales en Bolivia lo acompañó en Trinidad y en El Alto, e impávido escuchó como despotricaba contra Bush y hasta contra la “oligarquías apátridas” bolivianas. El tour antibush prosiguió en Nicaragua, Jamaica, y hasta en Haití, lugares en donde, a cambio de permitirle demostrar lo que es, entregó algo, donó algo, ayudó con algo, o firmó algo.

A eso se limita el “éxito que ha tenido la gira de Chávez” que asegura el ministro de publicidad del régimen. El supuesto impacto del extravagante paseo presidencial, que debe haber costado millones de dólares y durante el cual Bush ni siquiera se molestó en mencionarlo –lo cual debe haber encolerizado al ex militar golpista-, contrasta con el lamentable estado en el que se encuentra el nivel de vida del venezolano, rico solamente en cifras oficiales maquilladas.


Por ningún lado, a nadie se le ocurriría afirmar que la culpa del subdesarrollo de nuestros países la tiene Bush o el imperialismo, o el capitalismo, o el neoliberalismo, o algún otro “ismo”. Mucho menos puede asegurarse –salvo que se sea un tremendo caradura- que el “ismo” del siglo XXI que pregona Chávez es la cura a todos los males de la humanidad, cuando lo que hasta ahora ha demostrado es mediocridad, conformismo, división y desesperanza en su propia nación.

Precisamente si algo demuestra el “mandatario” venezolano es no tener dotes de estadista y mucho menos saber que es eso que llaman institucionalidad. De hecho, pisotea la de otros países supuestamente “socios”, en los que sus propios nacionales saben a conciencia que habría que ser muy ingenuo para no beneficiarse de la botadera de dinero en nombre de la “revolución”.

Sobre la base de lo afirmado por Sercovich, por ningún lado se aprecia que las políticas del gobierno de Chávez contribuyan en algo con el desarrollo nacional. Creer que su vociferada gira politiquera fortalece la economía o el bien común es una hipocresía moral, una demostración del nivel de podredumbre al que pretende llegar un régimen camuflado tras un parapeto de legalidad que irrita a propios y extraños. Es la “verdad” de los que no tienen nada que perder, pero que creen que quizás mucho que ganar. Es simplemente, la verdad de los embusteros.

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