lunes, 4 de diciembre de 2006

¿Qué pasó en las elecciones venezolanas?

Una de las frases más odiosas es aquella que dice “la historia se repite”. El lunes 4 de diciembre Caracas amaneció calmada, silente, golpeada, con resaca, no de licor, sino de incredulidad. El Zulia y otras partes del país no fueron la excepción. Parece un día feriado, pero un feriado de luto. La historia se repitió: Venezuela vuelve a sentir el desagradable sabor del día después del referendo revocatorio de hace un par de años.

Bordeando las 11 de la noche del domingo, las cifras oficiales del Consejo Nacional Electoral (CNE) dieron la victoria al ex golpista Hugo Chávez con el 61% de los votos, con lo escrutado hasta ese momento. El candidato de la oposición, Manuel Rosales, apenas alcanzó el 38%; es decir, se cumplieron las “encuestas” oficialistas que daban 20 puntos porcentuales de ventaja al gobierno.

En sus escasas declaraciones, los observadores internacionales coincidieron en destacar la “normalidad” del proceso y su pacifismo, salvo algunos percances “normales”. De acuerdo con las normas establecidas para los veedores, ellos eran “mirones de palo” y sólo pueden dar sus opiniones, informes y demás, sólo después que el CNE haya dado los resultados definitivos. En fin, una elección presidencial en la que todo lució “excesivamente normal”.

Si esto fue así ¿qué pasó para que gran parte del país amaneciera golpeado y con ese ambiente post referendo revocatorio? ¿Votó todo ese mar de gente que acompañó a Rosales en sus concentraciones, lo que hacía presagiar una victoria? ¿Será que hubo trampa? ¿Y ahora quién tiene la culpa de esta nueva decepción ciudadana? ¿Se da la señal de “partida” para la fuga de cerebros del país? Intentaremos dar algunas respuestas sobre la pase de tres situaciones:

Primera: Fraude electrónico. Los elementos que siempre hicieron dudar de estas elecciones fueron las máquinas “capta huellas” y las de votación electrónica. Las primeras –en teoría- cumplían una suerte de peaje, de alcabala de control para que nadie votase dos veces. No obstante, su verdadero papel siempre fue amedrentar a aquellos que, siendo supuestamente chavistas, votasen por la oposición. Con algunos pasos elementales, podría establecerse una secuencia entre las huellas y los votos, y así saber por quién voto cada persona; posibilidad que fue eliminada con un pequeño programa que alteraba el orden de huellas (o algo así).

En el caso de las máquinas de votación, éstas emitieron un papelito con la opción del votante, el cual se depositó en una caja a ser auditada (por sorteo) al final del proceso. Los votos fueron electrónicamente transmitidos al CNE para su totalización y divulgación. Extrañamente, se prohibió que cualquier medio divulgara sus “exit polls” antes de que el organismo electoral lo hiciera con sus cifras oficiales. La posibilidad de fraude se concentra en el CNE, en su sala de totalización, en esa misma en la que supuestamente se cocinó invertir las cifras del revocatorio para darle la victoria a Chávez.

Si este escenario fuese cierto, como los testigos de mesa de la oposición tienen copia de la totalización de las máquinas, se tendría que sumar uno a uno los reportes para verificar que los totales informados al mundo entero se corresponden con la realidad. A estas horas, la desconfianza no sirve cuando ya se votó en las máquinas y se aceptó jugar con unas reglas de juego que tanto se criticaron. Si hubo fraude, fue porque los borregos marcharon tranquilitos al matadero.

Segunda: Los jóvenes, los empleados públicos y los nuevos venezolanos. Esta elección se caracterizó por el gran número de jóvenes que alcanzaron la mayoría de edad y que ejercerían por primera vez su derecho al voto. En ellos recaería una cuota importante de responsabilidad de los resultados. Muchachos y muchachas que en sus últimos ocho años de vida no conocen algo distinto de Chávez y mucho menos algo con qué compararlo. Su poca experiencia de vida los hace moldeables y adaptables a cualquier tipo de realidad, o simplemente los vuelve apáticos. Aparentemente, no todos dieron el paso al cambio.

Los empleados públicos –lo que era previsible- votaron amenazados, temerosos de perder un quince y último seguro. Era preferible vestirse de rojo, tragar saliva azul, pero finalmente votar rojo, ante el riesgo de “quien sabe” lo que pueda pasar. Por otro lado, miles de nuevos venezolanos, naturalizados expeditamente desde hace algún tiempo por el gobierno, tenían la “obligación moral” de votar por Chávez como agradecimiento a una nueva nacionalidad sin tanto trámite burocrático.

Sacando cuentas, no sabemos si estos tres factores hubiesen inclinado la balanza a favor de Rosales (asumiendo como ciertas las cifras del CNE). Puede que si, puede que no. Estadísticamente es posible y por eso el gobierno se afincó en ellos en los últimos dos años con políticas que forzaran su compromiso con la “revolución”.

Tercera: Venezuela tiene el gobierno que se merece. Aquí no caben fraudes electrónicos o masa de gente obligada -o que se sintió obligada- a votar por Chávez. Aquí sólo cabe asumir que más de seis millones de votantes estuvieron de acuerdo con lo que ha hecho (y no ha hecho) el gobierno. Más de seis millones eligieron el camino del “socialismo del siglo XXI”, la reelección indefinida, el partido único, el cambio de moneda, el trueque y tantas otras acciones anacrónicas que Chávez anunció hacer en caso de ser reelegido.

Si se hubiese cometido fraude, se deben mostrar las pruebas y salir a la calle con todo el derecho de reclamar el robo. Eso no es subversión, no es contrarrevolución, es simple sentido común. Si –por ejemplo- siete u ocho millones de venezolanos se sienten burlados, estafados, es una gran mayoría que podría hacer respetar su derecho en vez de soportar un doloroso duelo electoral.

Con esos jóvenes, empleados públicos y los nuevos venezolanos, no hay mucho que hacer. En el caso de los primeros, que cada padre se encargue de abrirle los ojos. Con los empleados públicos, gente mayoritariamente preparada sólo para un cargo administrativo -el cual no piensan soltar ya que en ningún otro lado les pagarían tanto por tan poco-, sólo queda seguir pagando impuestos para mantenerlos. Y con los naturalizados, pues nada, asumir que el gentilicio se regaló como una simple membresía a cambio de un voto.

Hugo Chávez, ex militar, ex golpista, persona que quiere instaurar “su” socialismo destruyendo las clases sociales alta y media, ha sido electo para gobernar Venezuela hasta el 2013. De cumplirse ese mandato serían catorce años en el poder… y los que le faltan, pues planea seguir hasta el 2030.

Simón Bolívar, el supuesto inspirador de la “revolución” de Chávez, tiene tres frases que hoy caen como anillo al dedo: “el castigo más justo es aquel que uno mismo se impone”; “Huid del país donde uno solo ejerce todos los poderes: es un país de esclavos”; y “Nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder”. Hoy lunes 4, en medio de la resaca, de la depresión, muchos ya hablan de irse de Venezuela; irónica frase viniendo de la nación donde nacieron gestas libertadoras de América del Sur. Esta historia continuará…. pero la hacen, o la repiten, sólo los venezolanos.

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