miércoles, 22 de abril de 2009

Nunca escupas al cielo...

Finalmente se confirmó lo que venía siendo un rumor: el alcalde de Maracaibo, Manuel Rosales, está en el Perú y está pidiendo asilo, ante la cacería montada por el gobierno venezolano. Sin entrar a detallar todos los elementos legales y legalistas que supuestamente "justifican" la persecusión emprendida contra el ex candidato presidencial, el gobierno de Hugo Chávez no tiene ni el más mínimo elemento que permita creer que pueda darse un proceso justo para Rosales.

Lo más curioso es que, siendo Chávez el único vocero de su gobierno -por lo tanto responsable de todas las barbaridades con las que se expresa de contrincantes internos, de presidentes de otras naciones, de países y de lo que le de la gana- es el propio gobierno venezolano el que le proporciona los elementos de juicio a otro país para que decida si le otorga a un venezolano el beneficio que representa la figura del asilo.

En el caso particular del Perú, Rosales no sería el primer asilado y quizás no sea el último. Todos apuestan a que la decisión sea favorable al (ahora) ex alcalde de Maracaibo o, en el peor de los casos, facilite su tránsito a una tercera nación que lo acoja. Chávez, enfurecido, desquiciado, se manifestará y argumentará la intervención en la soberanía venezolana y otras yerbas conocidas, pero -simultáneamente- padecerá de amnesia de cuando él sí se inmiscuye en donde no lo llaman.

Un popular pero sabio refrán dice "nunca escupas al cielo, que Dios te escupirá la cara (o, ..."porque te caerá en la cara"), y todo indica que es lo que le pasará a Chávez. Sino, aprecien los siguientes videos que no necesitan comentarios.













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viernes, 27 de octubre de 2006

Los hijos no reconocidos de la revolución

Hace una semana, César Hildebrandt, un menudo, mordaz y polémico periodista, soltó la perla en un diario limeño: Alan García, el actual presidente del Perú tiene un hijo extramarital. Casi inmediatamente, a quienes se hicieron eco de la “bomba” les vino a la mente el escándalo que protagonizara el anterior mandatario Alejandro Toledo quien, después de muchos dimes y diretes, terminara reconociendo como su hija a una niña ya bastante grandecita.

Como respuesta, el mismo lunes siguiente el mandatario peruano, al lado de su esposa y primera dama, declara que el niño sí existe, que lleva su apellido y que tienes todos los derechos como corresponden, palabras más, palabras menos. Hasta ahí, todo pareciera ser una historia digna de “Hola!” o de alguna publicación tipo “chepa candela” de chismes de farándula y demás. Sin embargo, García –como era de esperarse- no hizo más que poner la venda antes de aparecer la herida. En su momento, Toledo tuvo un bajón terrible en su ya minúscula popularidad, por no dar la cara como hombre y quedarse con la careta de presidente. Habría que ser bien idiota para no aprender de experiencia ajena.

Si llama la atención este caso es sólo por el “pequeño” detalle que se trata de un personaje público, nada menos que el presidente de la República. No hay que tener dos dedos de frente para reconocer y aceptar que el tener notoriedad tiene como elemento en contra la poca intimidad con la que se cuenta. Todo movimiento brusco en el plano personal, marital, íntimo, etc., será comentado por los medios y por la sociedad. Irónico costo el que hay que asumir.

Es interesante también el nivel de hipocresía que aún existe en la sociedad peruana, especialmente la limeña. Comparada con otras capitales latinoamericanas, Lima es conservadora, mojigata, rayando algunas veces con lo ridículo. Una situación relativamente “normal” es comentada como si fuese un sacrilegio, un horror de la humanidad que al llegar a los medios no hace más que convertir a los divulgadores de la noticia en unos vulgares y silvestres cacasenos. Pero bueno, pese a todo ello, Lima y su gente no dejan de tener su encanto. Su aire de castidad –mas no castizo- hace que su población mestiza tenga “lo suyo”, así como la de Bogotá, de Caracas, de Quito y otras capitales, también.

Bien por el niño. Tiene papá, mamá, y ningún rollo legal que le genere alguno existencial. García reconoció su affaire y colorín colorado. Sin embargo, uno que no reconoce ni lo que respira es, coincidencialmente, un individuo amiguísimo del mandatario peruano: el cazador de demonios de la ONU, Hugo Chávez.

Al día de hoy, el invencible líder de la “revolución” bolivariana no reconoce que –en menos de un mes- está haciendo otro papelón a nivel mundial. Su “lucha contra el imperio” canalizada esta vez a través del feroz combate para obtener un puesto no permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, no ha hecho más que colocarlo como el maníaco depresivo que es, revelando de paso su incapacidad como gobernante, como jefe de Estado y como jefe de la diplomacia de Venezuela. Felizmente, en el mundo está perfectamente claro que es él y no el país, no la sociedad, no los venezolanos y venezolanos dignos, los que están empecinados con un capricho idiota que ha costado millones y millones de dólares.

Él sabe que está derrotado, él sabe que ha hecho y seguirá haciendo el ridículo, pero no sabe como zafarse de la situación. Sus mensajes sobre la obtención de una “victoria moral”, hacen recordar aquellos concursos del Miss Universo cuando la venezolana queda como finalista, pero no gana, y la prensa le otorga el título de “ganadora sentimental” del certamen. Como militar que supuestamente fue, Chávez sabe que se gana o se pierde, que no hay medias tintas, y que de moral nada tiene el ridículo internacional que viene haciendo utilizando el nombre del país.

Pero ese no es el único “hijo” no reconocido del presidente venezolano. Los últimos y seguidos fracasos en materia internacional electoral, han sacado a flote el Titanic que es su proyecto “bolivariano”. Precisamente en el Perú, un congresista se ha dado a la tarea de ventilar el supuesto financiamiento que Chávez dio a uno de sus hijos bastardos, es decir, Ollanta Humala. Cuatro millones de dólares entregados en maletines por funcionarios de la embajada venezolana en Lima, afirma el congresista que recibió Humala. Sin embargo, el hijo también reniega de su padre y se limita a llamar “traidor” al denunciante.

En el altiplano, el hijo querido Evo Morales cumple como buen soldado todas las órdenes que le da “su” comandante Chávez. Primero afirmó que acompañaría a Venezuela “hasta la muerte” en su lucha por el sillón en la ONU. Luego, aceptó que iría al frente como “candidato de consenso” porque Chávez se lo pidió, para luego quedarse con el rabo entre las patas. Total, para eso sirven los tontos útiles… así sean inútiles.

Pero esto de estar pariendo hijos por América Latina no ha dado resultados. Mucho menos ha tenido sentido “adoptar” a todo aquel que diga estar contra el imperio, o aquel que diga que quiere ser hijo del ex golpista venezolano. Sino, veamos al candidato Correa en el Ecuador. Bastó que lo mencionara para que su ascenso fuese flor de un día. Otro que anda en problemas filiatorios es Daniel Ortega en Nicaragua, quien ante la lista de fracasos –pasando por López Obrador en México- no quiere correr riesgos.

Gran suerte para Chávez que él si ha sido reconocido a nivel universal. Fidel Castro –en vida- dio muestras lacrimógenas de su amor por su hijo putativo, y no es para menos, ¿qué hijo le ha regalado tanto petróleo y lo ha idolatrado tanto como él? Ninguno. Mientras tanto, miles de hijos, quizás millones, en Venezuela, esperan ser tomados en cuenta por un gobierno manirroto, derrochador y corrupto como el “bolivariano”.

En ocho años de gobierno -como dicen por ahí- la única obra de infraestructura propia es la llamada “trocha” que se construyó ante la caída del viaducto que comunica Caracas con La Guaira. La única, porque todas las demás de las que se jacta fueron iniciadas por gobiernos anteriores. A pocas semanas de las elecciones presidenciales, todo parece indicar que –en condiciones de pulcritud y transparencia- el ex golpista será despedido de la presidencia y ningún hijo llorará por ello. Total, en todo este tiempo Chávez ha demostrado ser un gran hijo…

Ilustración:


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lunes, 29 de noviembre de 2004

¿Sopa de caballo o de burro?

Que el acontecer noticioso en el Perú sea muchas veces digno de un programa de “Aunque usted no lo crea”, no es para sorprenderse. Si no es Toledo con sus acciones dirigidas a mantener su solitario dígito de popularidad, es algún miembro de su familia esforzándose por destacar por un hecho que –por lo menos- genera dudas de honorabilidad. Si no es la familia, son parlamentarios de su tolda política que, en un intento por defender alguna burrada gubernamental, terminan hundiendo más al involucrado. Y así, siempre hay alguien poniéndola.

Les juro que -a veces- cierta risa causa algunos sucesos que, por no rayar con lo delictivo, pueden parecer hasta folklóricos. Sin embargo, cuando hay un elemento, un ingrediente, que está en todos lados, o intenta estarlo, es decir, “hasta en la sopa”; lo único que genera es rabia y fastidio con sintomatología diarreica. Me refiero a las anti saludables “notas periodísticas” que dan cuenta de cuanta estupidez diga el eterno candidato del APRA, Alan García.

No hay que ser un premio nobel para percatarse de que García ha hecho, hace y hará cualquier cosa por obtener algún centimetraje, algunos segundos en el aire o algunos instantes en las pantallas de televisión. Ojo, antes de que algún iracundo “admirador” me reclame, dejo constancia de que estoy muy consciente y de acuerdo con el sagrado derecho humano de la libertad de opinión que todos tenemos (incluyendo García); no obstante, eso no implica que algunos medios (gracias a Dios no todos) no tengan mejores cosas que transmitir que la evacuación verbal del susodicho personaje.

No crean que es chiste. Por el contrario, ante este serio problema de salud nacional no hay nada como el descanso de meditación profunda sentado en el retrete. Ahí, mientras la sabia naturaleza pone en movimiento torrentes de jugos gástricos y otras cosas más –que no detallo por mi ignorancia en terminología médica- llegué a visualizar unos escenarios para intentar explicar la realidad.

Primer escenario: Habla, habla que algo queda. El candidato de Alfonso Ugarte debe pensar que mientras más hable, mientras más cosas diga, la población actuará/pensará inconscientemente como si él fuera, no solo candidato, sino presidente otra vez. O sea, la gente acostumbrada a ver a diario trozos de caballo en su sopa, asuma que es parte de su vida, de su existencia y que no se pueda desprender de ese suculento platillo.

Para ello, cualquier necedad sirve, como por ejemplo buscarle pelea a alguien -tipo niño de primaria- diciéndole “muertito” para que hable, esperar una respuesta polémica y formar un lío tipo guapetón de barrio, pero de medio pelo. Otra opción –aunque más audaz- es llamarle la atención a sus congresistas para que tomen alguna medida “disciplinaria”, y si no lo hacen, amenazarlos con no representarlos. Claro, el detalle aquí es que se le sale no lo equino (léase, patadita), sino lo de acémila.

Por si nadie se lo explicó, en una democracia representativa los congresistas representan a un sector de la población. Ellos, como parlamentarios no tienen representación, ya que si fuera así, no sirven para nada. En todo caso, García podría representarlos judicialmente, ser su abogado, pero hasta ahí. Un representante de varios representantes, representaría a los electores de éstos… ¿y quién le ha dado esa atribución? Una ligera confusión entre cancha y concha.

Segundo escenario: Lo malo, lo sensacionalista, vende. Ante la ausencia de cosas interesantes, obras reales que reseñar de parte del gobierno que llenen las secciones política o nacional, los medios tienen que recurrir al siempre presto candidato, a opinar hasta de las posibles repercusiones en la reproducción de las cucarachas que tendrá el eclipse de luna previsto para el año 2037 y que se vería en Lima, Callao y alrededores.

Estamos de acuerdo en que no creo que alguien compre exclusivamente un periódico, prenda la radio o el televisor para enterarse lo que dijo el susodicho (habiendo cosas más interesantes, claro), pero de que pone la nota tragicómica, la pone. Puede también ser consecuencia de la política de “a falta de pan, demos circo”. Como hay libertad de expresión, no se le puede censurar a los medios el derecho a transmitir/informar cojudeces, pero sí, quizás, pedirles que midan la frecuencia por la salud mental y estomacal de la población.

Se que hay más escenarios posibles, pero la naturaleza llegó hasta allí. Como conclusión –muy personal, claro- no vale la pena hacerse un harakiri mental si lo mejor que puede suceder es que las equinoburradas tengan el efecto que muchos desean: que la población se termine de convencer de que lo único que puede ofrecer García es lo mismo de siempre, sopa de caballo… o de letras, por tanta habladera de pistoladas.

Creo que en poco tiempo -es más, le doy plazo, año y medio- sabremos si la sopa de caballo y/o de burro es buena para la salud mental. En el 2006, la sociedad dará muestras de su conocimiento culinario y de su disposición de aguantarse más y más de lo mismo. Total, bien dice el refrán: “partida de caballo, parada de borrico”.

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