miércoles, 16 de junio de 2010

CNN busca economista "socialista"

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lunes, 18 de setiembre de 2006

Ser socialista en Venezuela

En las elecciones presidenciales del próximo 3 de diciembre Venezuela elegirá algo más que el mayor cargo en la administración pública. Tema evitado –por un bando más que otro- es el carácter ideológico de las propuestas de gobierno, cuando de él dependerá el desarrollo de la sociedad en los siguientes años.

Por un lado se encuentra la candidatura “unitaria” de Manuel Rosales, calificativo que a nuestro parecer no hace más que intentar reflejar lingüísticamente la condición de oposición al gobierno y todo lo que representa. En realidad, dista mucho –todavía- de ser única, unitaria o de consenso, dados los altos índices de abstención, indecisión y hasta de temor a expresarse por cualquier opción.

Aunque el candidato no lo ha declarado abiertamente, la tendencia aparente del grupo de Rosales es liberal; para no hablar en términos de derechistas, izquierdistas o ambidiestros, que de éstos últimos hay muchos en el gobierno. En el otro extremo, la opción del candidato-presidente Hugo Chávez es abiertamente “socialista del siglo XXI”. No obstante, en Venezuela (y en otras partes) reina el desconocimiento sobre lo que es exactamente “eso” del socialismo, incluyendo irónicamente a los seguidores de Chávez, desde los que ocupan altos cargos públicos hasta aquellos que tarifan su asistencia a sus “multitudinarios” mítines.

A grandes rasgos, el socialismo clásico es una ideología -principalmente política- que propugna un modo de vida en el que la sociedad posea el control de los medios de producción y el poder político en general, sin la existencia de clases sociales. Esto suena muy bien y hasta muy “justo”, si no fuera por varias salvedades que han llevado al socialismo a lo que es en nuestros días.

Para empezar, la “sociedad” a la que se refiere el socialismo tiene un contenido altamente discriminatorio y hasta contradictoriamente clasista; lo cual es muy probable dado que el concepto ha sido –y es- manejado política y politiqueramente. En este tipo de sociedad socialista sólo son gente los trabajadores asalariados o la “clase trabajadora”, la cual debe organizarse para “tomar el poder” tanto político como económico, ya que los medios de producción se encuentran en manos capitalistas, o de los ricos.

Obviamente, el socialismo es la antítesis del capitalismo. Es una teoría que se opone a ella por considerar que no desarrolla en forma eficaz las fuerzas productivas de la sociedad; por el contrario, enriquece más a los ricos, explota a los trabajadores “como máquinas o bestias” y los hunde en la miseria. Sin embargo, es el propio razonamiento socialista el que coloca a los trabajadores como animales irracionales, como si en la práctica fuese el capitalismo el que los obligase a trabajar y dejarse explotar a la vez, considerándolos como seres sin voluntad propia ni razonamiento.

En nuestros días, en los que identificamos como una realidad la llamada “sociedad del conocimiento”, en la cual la base del progreso individual y colectivo es precisamente el saber, el negarse a la formación educativa personal, a la profesionalización o a la especialización como vía para alcanzar el desarrollo y crecimiento deseados, es simplemente resignarse a tener ese nivel de “máquina o bestia” que el socialismo asume que es responsabilidad del capitalismo.

En segundo lugar, la “sociedad” en realidad no tiene cabida en el socialismo ya que es el Estado el que se arroga la administración y control de los susodichos medios de producción, además de –por supuesto- el poder político en su totalidad. El Estado, ergo, el gobierno, es el encargado de la toma de decisiones “en nombre del pueblo”, sin que exista un vínculo real y comprobable de que el pueblo está de acuerdo con el manejo estatal. En el socialismo –a secas- tampoco existe algún procedimiento democrático que avale ese sistema que, a la larga, suele degenerar en totalitarismo.

Por último, la inclemente historia ha demostrado que todos los regímenes socialistas que han intentado ser “químicamente puros” han fracasado estrepitosamente y sus sociedades han quedado sumidas en la miseria y desilusión. Contradictoriamente, naciones ex socialistas han visto en el capitalismo –y por ende en el liberalismo y/o neoliberalismo- la solución a los problemas en los que se encontraban sumergidos.

El caso venezolano, con su “socialismo del siglo XXI” es paradójico, por decir lo menos. En primer lugar, quien hasta ahora ha decidido que el país deba tomar ese “modelo” es el presidente Hugo Chávez, quien al frente de un proyecto político personal ha desdibujado y tergiversado los rasgos socialistas que pueda tener “su” ideología. En la práctica, el “socialismo del siglo XXI” es un pastiche, una colcha de retazos, a la cual se le agregan ideas sueltas de personajes dispares que sólo tienen en común una posición en contra del capitalismo o del “imperialismo norteamericano”.

Justamente por ello, el incipiente proyecto de Chávez no tiene posibilidad de desarrollo real y mucho menos de ser tomado como serio por alguna otra sociedad, a menos que se tengan los brutales ingresos que por venta de petróleo posee coyunturalmente Venezuela. Precisamente estos recursos, que bajo una óptica socialista le pertenecen a la sociedad, están siendo utilizados por el gobierno a su sola discreción y a favor de una nueva política imperialista basada en los petrodólares (en efectivo, compra de bonos, convenios, compromisos de compra, etc.) pero que tragicómicamente se tilda a si misma de “antiimperialista”.

En el caso de Venezuela el “socialismo del siglo XXI” es caraduramente capitalista, y no podía ser de otro modo cuando Estados Unidos es el principal cliente petrolero del país. Elementos como el “desarrollo endógeno”, el combate a la “oligarquía” o la supuesta distribución de la riqueza a través de las llamadas “misiones” son falacias con las que se pretende darle base a este proyecto

Por otro lado, sobre la base de un sistema legalista, todos los poderes públicos están a la disposición de la figura presidencial, lo que hace que, más que socialismo, estemos frente a una nueva versión de totalitarismo con rasgos autocráticos. Por supuesto -como se mencionó antes- estos conceptos no son conocidos por la población ni existe interés en el gobierno por exponerlos ante la ausencia de una base ideológica, pero sobretodo ante la inexistencia de moral para defenderla dados los paupérrimos resultados en ocho años de gobierno.

Cabe aclarar que, dadas las grandes imperfecciones de la clásica visión socialista, las cuales la han hecho inviable, existen diversos tipos o maneras de ver el socialismo, los que se diferencian por los “apellidos” que llevan. Socialismo democrático, Socialismo cristiano y otras formas de “socialismo” a secas, se venden como versiones light pero en la práctica se acercan y coquetean con su odiado capitalismo… es que, ser romántico es regocijante; pero amor con hambre, no dura.




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jueves, 25 de agosto de 2005

Libertador de Palo

Qué curiosa que es la vida y qué enigmático es el hombre. Con todo lo “sigloveintiunizado” que está nuestro mundo, definitivamente, hay cosas que no tienen explicación; por lo menos, para quienes pretendemos entender ciertas situaciones con el simple sentido común y la razón. Precisamente, dentro de ese rubro de lo inexplicable, de lo “aunque usted no lo crea”, cae el ex militar golpista y hoy presidente de Venezuela, Hugo Chávez.

Sabemos que puede sonar medio visceral y puede que hasta suene poco objetiva esta introducción; más aún cuando las autoridades siempre destacan que todo está “excesivamente normal”, la misma excesiva normalidad que cachetea a la ciudadanía todos los bolivarianos días del mundo desde 1999. Entonces, ¿qué anda mal en Venezuela? ¿De qué se queja la gente? ¿Qué es tan difícil entender de la “revolución” bolivariana, bonita y socialista?

Cuesta entender -para empezar por el líder- cómo llamar la actitud de alguien que fue elegido para gobernar y trabajar para el desarrollo nacional, y que hace diametralmente lo contrario; es decir, fomenta el desgobierno y trabaja para el desarrollo de las economías de otros países, llámese Cuba (principalmente), Brasil, Argentina, Ecuador, Uruguay, etc. Para entenderlo, quizás deban asumirse como ciertos los comentarios (al inicio de su gobierno) de que Chávez hablaba con Bolívar, que le dejaba un puesto vacío en reuniones y cenas, y cosas por el estilo; y asumir que estos seis años en el poder lo han afectado de tal manera que ya no habla con él: ahora se cree un nuevo “Libertador”, un paladín de la justicia que lucha contra un nuevo imperio, el del Sr. Bush, o “Mr. Danger”, como le gusta llamarlo.

Qué lástima que las cosas no hayan funcionado bien con la logística, el protocolo, la inteligencia, o quien sabe qué, y no se hayan celebrado los 200 años del juramento de Bolívar en el Monte Sacro, aquel en el que prometió liberar estas tierras del yugo español, en el mismo lugar del acontecimiento. Lástima, porque quizás Chávez hubiera protagonizado una versión actualizada, recargada, petropopulista y socialistoide. Un espectáculo digno de Hollywood, de Steven Spielberg. Un nuevo Libertador de América y quien quita que hasta de Africa y otra parte del mundo que se quiera anotar.

Hoy no hay caballos que montar, cordilleras que atravesar, ni soldados que reclutar. Basta y sobra con dinero, con dólares contantes, sonantes y fluidos –irónicamente- del imperio que se combate. No importa que haya una contradicción histórica, filosófica y posiblemente ética entre lo que se dice y lo que se hace. El socialismo del siglo XXI, el socialismo a la venezolana son solamente para el pueblo, no para el gobernante y la camarilla que lo rodea en los “poderes” del Estado que le dan una base legalista a las injusticias que se viven en el país. El socialismo de Chávez es pura filosofía barata para mentes que no les interesa saber más allá de cómo se escribe esa palabra para ensuciar con ella las paredes de las calles de Caracas.

El gobierno revolucionario, o sea, Chávez (no Venezuela), se reúne con el decano de los dictadores del mundo, Fidel Castro, para hablar horas y horas (algunas de ellas televisadas desde la isla hacia Venezuela) de los asesinos imperialistas, de lo desgraciado que es el mundo por la existencia de una nación como los Estados Unidos y de su gobierno, sea quien sea el que lo encabece. Mientras tanto, en Cuba y en Venezuela hay gente que sufre, padece y maldice el tener a sendos dictador y dictadorzuelo; y en ambos lugares, la disidencia es castigada.

Cuesta entender cómo Chávez ofrece crear una Escuela Latinoamericana de Medicina, cuando, en un caso de inmoralidad, ineptitud y de descaro, cuatro pacientes se mueren en un hospital caraqueño por falta de oxígeno. Ninguna persona con cargo público (por no decir “autoridad”, porque el nombre les queda muy grande) asumió, asume, ni asumirá la responsabilidad. Fue culpa de la empresa que suministra el oxígeno, fue culpa de la administración anterior que lo contrató, o puede que hasta haya sido culpa del paciente por ocurrírsele respirar más de la cuenta. El país recibe miles de millones de dólares imperialistas, pero la gente se muere en los hospitales públicos que son un desastre.

Cuesta entender su enfermiza “relación” con Fidel Castro, al que ha calificado hasta de “como un padre”. Falta de la figura paternal no debe ser, pues el padre de Chávez está vivo, bastante diríamos, pues es gobernador de su tierra natal y no brilla precisamente por su gestión. Que sea porque le enseña su talante democrático, no debe ser; si acaso, adiestrándole como quedarse en el poder años y años, aprovechando que tiene dinero para comprar conciencias y disidencias. Sus poses, sus gestos, el éxtasis que Chávez transmite cuando está al lado del dinosaurio cubano, sólo él lo puede explicar.

Cuestan entender sus quejas de su gabinete, de sus diputados, de sus allegados en general, por inútiles, por incapaces, tanto que declara abiertamente sentirse decepcionado, inconforme con su gobierno… pero no hace nada para remediarlo. Por el contrario, los rota de puesto o, si sale de ellos, los manda como premio de consolación a una embajada.

Cuesta entender, cómo Chávez les compra deuda a otros países, cómo ofrece contratos de petróleo a condiciones imposibles de rechazar, cómo brinda ayuda a naciones vecinas ante una desgracia, cómo crea Fondos para lo que sea, mientras en el país calles y avenidas se vienen abajo con las lluvias o –literalmente- se abren cráteres. Todavía hay damnificados de tragedias nacionales de los últimos años, no hay viviendas, no hay nueva infraestructura digna de destacar, en fin, no hay nada que refleje el chorro de esos sucios dólares imperialistas que recibe el país –no Chávez- por el petróleo caro.

Definitivamente hay cosas que no se pueden entender. Quizás clínicamente, quizás la psicología o la psiquiatría puedan dar una explicación; o quizás sea para mentes muy elevadas, para la mente de un “Libertador Socialista del siglo XXI”. Y no importa que en su tierra haya oprimidos, primero hay que liberar al mundo del imperialismo. Total, “en casa de herrero, cuchillo de palo”. Libertador de palo.

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jueves, 10 de marzo de 2005

Nuevo Socialismo o Petropopulismo

Que el poder ciega a las personas, es una realidad tan grande como el mar. Ahora, cuando el grado de ceguera es total, pareciera que otros sentidos comienzan a ser afectados. Así, el enfermo de poder pierde las cualidades auditivas y escucha solamente lo que quiere escuchar; ve cosas que solo sus ojos ven, y comienza a decir cuanta sandez se le ocurra, alentado -por supuesto- por una corte de vividores de ese poder que ostenta, para suerte suya y desgracia de otros.

Hablando de poder, político y/o económico, el caso de Venezuela resulta “curioso” –por decir algo- y recuerda (con las diferencias y distancias del caso) al Alan García de finales de los años ochenta, cuando un joven político, “encantador de serpientes” que, una vez que creyó que las tenía todas y a todos en el bolsillo, dio rienda suelta a su imaginación y verborrea con barbaridades tales como la nacionalización de la banca, la revolución agraria y otras yerbas. Todos sabemos (por lo menos los que lo vivimos o los que se preocuparon por informarse) el desastre en el que quedó el Perú como consecuencia de la ignorancia supina de García.

Con las diferencias y distancias del caso, repito, Hugo Chávez es otro personaje enfermo de poder. Lleva seis años “gobernando” entre comillas, porque lo suyo ha sido una campaña política eterna, y ya habla de reelección. Seis años en los que Venezuela ha recibido astronómicos ingresos por el petróleo; tantos, que el país podría ser una nación, no del primer mundo, sino hasta de otro mundo. Sin embargo, la nación caribeña tiene uno de los peores desempeños económicos de la región, a pesar de su riqueza petrolera.

En otras palabras, la Venezuela de hoy, sin el petróleo, pero con las llamadas políticas gubernamentales “revolucionarias”, estaría disputándose los últimos lugares de desarrollo económico del mundo. O más claro todavía: el gobierno de Chávez (ojo, el gobierno, no el país) sin el petróleo y sus altos precios, no es nada.

Es la coyuntura de ingentes ingresos la que le permite a Chávez ir por el mundo buscando apoyo y/o aliados políticos a su “revolución”, ahora más abierta o quizás descaradamente. Con el cuento de que “si algo me pasa el responsable es Bush”, su verbo es cada vez más encendido, temerario y algunos hasta dicen que raya con la esquizofrenia. “Se acabó el petróleo barato” ó “si me pasa algo el precio del petróleo se dispararía por encima de 100 dólares”; son algunas de las frases que hacen evidente su enfermedad de poder.

Pero de nuevo caemos en lo mismo: quítenle a Chávez el petróleo y queda un “líder mundial” de Disneylandia. Quítenle el torrente de dólares que su gobierno disfruta y que reparte para comprar conciencias, y veamos si puede hablar de “nuevo socialismo”, eso que supuestamente hace o quiere hacer. De hecho, ya ha declarado su intención de utilizar el petróleo para crear “igualdad” entre países, como si Venezuela fuera el único productor en el mundo y él, el dueño del negocio.

Todo este cuento de Chávez, su supuesta paternidad de un supuesto nuevo socialismo, las supuestas ganas de Bush de matarlo, su supuesto liderazgo entre las viudas de la izquierda a nivel mundial, son en realidad el aderezo para algo real: la arremetida del petropopulismo, del que tampoco él es inventor, pues ya su archienemigo, el ex presidente Carlos Andrés Pérez, puso en práctica –pero más tímidamente- en la década de los setenta.

Esta forma de populismo, mantenida exclusivamente por el oro negro, como toda moneda en la vida, tiene dos caras. Por una, la “cara buena”, se ofrece petróleo en condiciones de ganga, participación en nuevos negocios, convenios, etc., que –se tenga la careta izquierdista, o no- aprovechan las naciones que el presidente venezolano visita (ni tontos que fueran). La otra, la “cara no tan buena”, hay la inocultable intención de expandir su “revolución” a otros países por cualquier vía, o mejor dicho, incluyendo las vías que no tuvo Fidel Castro en su momento. Es por eso que Fidel es sólo una pieza de colección, un fósil viviente, y Chávez pretende ser el dueño del museo.

Transparentemente, el petropopulista de América Latina deja ver su repudio por el capitalismo, neoliberalismo, oligarquía y cuanto concepto tenga que ver con la derecha política. Es más, necesariamente la relaciona con los Estados Unidos, por lo tanto, quien tenga esa condición es enemigo (o no amigo) de él. El primitivismo de sus ideas “neosocialistas” queda relegado a un segundo plano por el petróleo y sus dividendos, es decir, por el capitalismo puro. Ironía que cachetea su intelecto pero que nunca admitiría.

El “nuevo socialismo” en Venezuela tiene perlas dignas de Ripley. Por ejemplo, la clase media se empobrece cada día más, pero lucha para no caer en los estratos bajos. Profesionales acostumbrados a ciertas comodidades ahora tienen que comprar en los “Mercal” (cadena de mercados del gobierno en los que se vende a precios controlados) para estirar el sueldo, o para ahorrar algo y poder realizar el tradicional viaje de vacaciones. Los dólares para ese viaje se los dará el gobierno, según el cupo asignado al tipo de cambio oficial. O sea, ingresan dólares por doquier pero no para la población. El “nuevo socialismo” prefiere comprarle a Argentina 500 millones de dólares en “bonos basura” para ayudarla en la reestructuración de su deuda.

La verdad del asunto es que Chávez quiere exportar su “nuevo socialismo” a través del petropopulismo. Lo que haga él con su vida es su problema (seguro que Bush dice lo mismo), pero el que dilapide la riqueza del pueblo venezolano es algo que trasciende sus fronteras. ¿O es que nadie se da cuenta de que al aceptar una prebenda se es cómplice del robo? En una típica tasca caraqueña se escuchó decir: “si es verdad que Bush quiere matar a ese carajo, no es él solamente. Somos millones que haríamos cola pa’ joderlo”…

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